América Latina frente a la carrera por la inteligencia artificial: ¿Oportunidad histórica o espejismo digital?

 

Imagen: vTungArt7 (Pixabay)

La inteligencia artificial (IA) está reconfigurando el panorama geopolítico y económico global, y América Latina se encuentra en un punto de inflexión. Los análisis de Americas Quarterly y Brookings Institution nos ofrecen dos ángulos complementarios:

  • El primero, con una visión de América Latina en medio de la competencia entre Estados Unidos y China;
  • El segundo, con un enfoque que enfatiza la urgencia de América Latina en el diseño de un adecuado marco regulatorio.

Por supuesto, al leer ambos enfoques surge una pregunta inevitable y compleja: ¿Está preparada la región para convertir esta coyuntura en una oportunidad, o está destinada a repetir el patrón de dependencia tecnológica que ha marcado a la región durante décadas?

 

Entre dos gigantes: el espejismo del alineamiento

El dilema geopolítico que describe Americas Quarterly es contundente: Estados Unidos impulsa un modelo de dominio tecnológico que busca reafirmar su hegemonía, mientras China promueve un discurso de cooperación y multilateralismo.

Para América Latina, alinearse de manera incondicional con alguno de estos polos equivale a convertirse en cliente cautivo, dependiente de tecnologías, estándares y narrativas ajenas.

La alternativa del no alineamiento digital es atractiva en el papel: mantener una posición estratégica que permita aprovechar lo mejor de ambos mundos sin quedar subordinados a ninguno de los dos poderes. Sin embargo, este enfoque exige el impulso y promoción de capacidades propias (en investigación, desarrollo, infraestructura y talento) que aún son débiles o poco desarrolladas en la mayoría de los países latinoamericanos.

Hablar de autonomía sin invertir en ciencia, educación y ecosistemas locales de innovación corre el riesgo de convertirse en un discurso vacío.


Regulación: entre la urgencia y la improvisación

Por otro lado, desde la perspectiva de Brookings, la región tiene una ventaja relativa: no arrastra sistemas regulatorios obsoletos y puede diseñar marcos normativos desde cero. Pero esa misma ventaja puede transformarse en debilidad si se desarrollan leyes improvisadas o demasiado generales.

Por supuesto, la propuesta de una regulación inteligente, basada en principios éticos, legislación clara, estándares regionales y gobernanza flexible, es razonable. El problema es que requiere capacidades técnicas e institucionales que hoy parecen escasas en la región. ¿Qué país de la región cuenta con agencias capaces de auditar algoritmos, evaluar riesgos de IA o establecer “sandboxes” regulatorios que permitan la experimentación controlada? Muy pocos.

La consecuencia, de acuerdo con la publicación, es evidente: o se adoptan marcos regulatorios diseñados en otras latitudes, con intereses que no siempre coinciden con los de la región, o se corre el riesgo de crear leyes simbólicas que no se cumplen en la práctica.


Cooperación regional: avances mínimos, riesgos máximos

Los recientes esfuerzos de cooperación regional, como las cumbres ministeriales en Santiago y Montevideo, son un paso en la dirección correcta. Sin embargo, todavía se limitan a declaraciones de principios y hojas de ruta sin mecanismos efectivos de implementación.

El entusiasmo diplomático no basta si no se traduce en compromisos verificables, métricas de cumplimiento y presupuestos asignados.

Además, la fragilidad política de la región representa un obstáculo mayúsculo. Desafortunadamente, en América Latina, un cambio de administración puede desmantelar en meses lo que tomó años construir. Sin mecanismos de continuidad, transparencia y rendición de cuentas, la cooperación regional en IA corre el riesgo de convertirse en un ritual de buenas intenciones sin impacto real.


IA: Entre la promesa y la trampa

América Latina tiene hoy una nueva oportunidad de no repetir la historia de la revolución industrial ni de la revolución digital, en las que quedó relegada como consumidora pasiva de tecnologías importadas.

En la actualidad, la IA ofrece la posibilidad de construir capacidades propias, de posicionarse en nichos estratégicos y de diseñar un modelo inclusivo que responda a las realidades locales.

Sin embargo, esa promesa parece venir acompañada de una trampa: la región podría limitarse a importar soluciones, aceptar estándares externos y depender de la inversión extranjera para sostener proyectos de corto plazo.

En ese escenario, la IA no sería una palanca de desarrollo, sino un nuevo capítulo en la historia de dependencia en América Latina. De modo que el discurso del “no alineamiento digital” será irrelevante si no se acompaña de inversión en educación científica, fortalecimiento institucional y políticas públicas coherentes.

No se trata únicamente de decidir con quién nos alineamos, sino de definir qué se debe construir en la región.

De igual manera, hablar de regulación inteligente sin resolver la debilidad estructural de los sistemas de justicia, la falta de transparencia gubernamental y la captura del Estado por intereses privados es un ejercicio incompleto.

La IA no será más ética o inclusiva en América Latina simplemente porque una ley lo declare; lo será en la medida en que existan instituciones capaces de hacerla cumplir.

La verdadera oportunidad para la región no radica en escoger entre Washington o Beijing, ni en redactar declaraciones ministeriales; radica en construir capacidades locales, coordinar esfuerzos regionales con mecanismos de continuidad y establecer reglas que permitan tanto la innovación como la protección de los ciudadanos.


¿Entonces?

Parece que la carrera global por la inteligencia artificial coloca a América Latina frente a una decisión histórica: convertirse en protagonista de un futuro tecnológico inclusivo y autónomo, o resignarse a ser espectadora de los avances de otros.

El camino no será sencillo; exige visión estratégica, voluntad política y, sobre todo, coherencia entre el discurso y la acción.

Si los países de la región logran superar la improvisación, consolidar instituciones sólidas y sostener compromisos regionales más allá de los ciclos electorales, la IA podría convertirse en una herramienta para cerrar brechas y proyectar una nueva etapa de desarrollo en la región.

De lo contrario, la inteligencia artificial será simplemente otra ola tecnológica que pasará de largo, reforzando la dependencia y ampliando las desigualdades en América Latina.

América Latina tiene en sus manos la decisión: aprovechar la oportunidad histórica o caer, una vez más, en el espejismo digital.


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