El Vaticano le entra al debate de la IA: Y hace la pregunta que Silicon Valley evita
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| Imagen creada con inteligencia artificial. |
Cuando el mundo habla de inteligencia artificial, normalmente la conversación gira alrededor de chips, modelos de lenguaje, inversiones multimillonarias o productividad.
Parece que el debate estuviera secuestrado
por Silicon Valley y por los grandes proveedores tecnológicos. Sin
embargo, hay otra conversación que cada día gana más fuerza y que, en mi
opinión, será igual de importante en los próximos años: la dimensión ética y
humanista de la IA.
En ese terreno, la mismísima Iglesia
Católica ha decidido no permanecer como espectadora.
Desde hace algunos años, y ahora con mayor
impulso bajo el pontificado de León XIV, el Vaticano ha
mantenido una postura consistente: la inteligencia artificial representa una de
las transformaciones más profundas de nuestro tiempo y, precisamente por ello,
no puede discutirse únicamente desde la ingeniería o los negocios; debe
abordarse también desde la ética, la dignidad humana, la justicia social y el
bien común.
A algunos les sorprenderá que una
institución religiosa participe en este debate; honestamente, a mí no. Porque
cuando una tecnología tiene el potencial de modificar la forma en que
trabajamos, aprendemos, gobernamos, producimos conocimiento e incluso nos
relacionamos entre nosotros, deja de ser un asunto exclusivamente técnico. Se
convierte en una cuestión social.
Y, por supuesto, eso nos involucra a todos.
Hace unos días escribía sobre la creación
del Consejo
Coordinador de Inteligencia Artificial en la UNAM. Lo cual me parece una
buena noticia, porque reflejaba que la IA comienza a entenderse como un
fenómeno multidisciplinario, sobre todo en Latinoamérica.
Lo interesante es que el Vaticano está
llegando a una conclusión similar, aunque desde un punto de partida
completamente distinto, y creo que eso debería hacernos reflexionar. Porque
cuando universidades, gobiernos, científicos, organismos internacionales y
hasta instituciones religiosas empiezan a coincidir en que la IA necesita
reglas, principios y reflexión profunda, el problema ha dejado de manera
definitiva de ser solamente tecnológico. Es también humano.
Lo que plantea el Vaticano, y el Papa, en
su carta encíclica Magnifica
Humanitas, no es una oposición a
la inteligencia artificial, al contrario. Sus mensajes recientes reconocen el
enorme potencial de esta tecnología para impulsar la investigación científica,
mejorar la medicina, optimizar procesos productivos y generar nuevas
oportunidades de desarrollo. Pero también advierten sobre un riesgo que muchas
veces queda relegado entre tanto entusiasmo: confundir inteligencia con
sabiduría.
Y esa diferencia es enorme.
La IA puede procesar millones de datos por
segundo, puede detectar patrones invisibles para una persona, puede escribir,
traducir, programar y analizar información a una velocidad impresionante. Pero
no comprende el significado moral de sus decisiones, no entiende la compasión,
no conoce la justicia, no tiene responsabilidad.
Esas siguen siendo capacidades
profundamente humanas.
Por eso, me preocupa cierta narrativa que
empieza a instalarse en algunos sectores tecnológicos: la idea de que, mientras
más decisiones deleguemos a sistemas inteligentes, mejor funcionará la sociedad,
y perdón, pero no necesariamente.
Delegar una tarea no es lo mismo que
delegar un criterio.
Y ese matiz será cada vez más importante
conforme avancemos hacia agentes autónomos cada vez más involucrados en la
decisión de recomendar, por ejemplo, recomendar contrataciones, aprobar
créditos, priorizar pacientes, seleccionar candidatos o participar en
decisiones gubernamentales.
Ya no se trata de analizar de qué es capaz
la inteligencia artificial. Se trata de analizar qué decisiones la IA nunca
debería tomar sola.
Y ese debate apenas comienza.
También resulta interesante que el Vaticano
insista en colocar a la persona en el centro del desarrollo tecnológico. Puede
sonar obvio, incluso filosófico, pero en un momento donde gran parte de la
conversación gira alrededor de productividad, eficiencia y reducción de costos,
recordar que la tecnología existe, cuando menos en teoría, para servir a las
personas, y no al revés, resulta casi contracultural.
Quizá eso explica por qué esta discusión
trasciende cualquier religión. No se trata de creer o no creer, se trata de
entender que la inteligencia artificial está redefiniendo las reglas del juego
social.
Aquí, en AI Güey, y en otras plataformas he
hablado constantemente de soberanía tecnológica, gobernanza de datos y
regulación responsable, pero hay un elemento adicional que empieza a cobrar
relevancia: la soberanía ética*.
Porque una sociedad que adopta tecnologías desarrolladas bajo valores, prioridades e intereses ajenos también termina importando, muchas veces sin darse cuenta, una forma específica de entender el mundo. México, y por supuesto Latinoamérica, necesita participar en esa conversación.
No solamente desarrollando ingenieros o
comprando infraestructura. También formando filósofos, abogados, sociólogos,
economistas, comunicólogos y especialistas capaces de discutir las
implicaciones humanas de la IA. Porque el desafío ya no consiste únicamente en
construir mejores modelos. Consiste en construir una mejor sociedad alrededor
de ellos.
Y es aquí donde universidades, gobiernos,
empresas y también instituciones como el Vaticano, independientemente de nuestras
creencias religiosas, pueden aportar perspectivas distintas, incluso si no
siempre coinciden entre sí.
Al final, la inteligencia artificial
seguirá avanzando; eso pinta como algo inevitable. La verdadera incógnita es si
nuestra capacidad para reflexionar sobre ella avanzará al mismo ritmo.
Porque quizá el mayor riesgo no sea que las
máquinas lleguen a pensar como nosotros. Sino que nosotros dejemos de
preguntarnos para qué queremos que piensen.
Pero tú, estimado lector, ¿qué opinas?
Hasta la próxima.
—Jorge García,
AI Güey
* “La soberanía ética es el principio filosófico y político que subordina el poder, la tecnología y el derecho a valores morales universales.” Fuente: SOBERANÍA ÉTICA COMO ARQUITECTURA CONSTITUCIONAL

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