Controlar la IA: Si quienes construyen la IA temen perder el control, tenemos un problema
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| Imagen generada con IA |
Parece que hay algo profundamente extraño
ocurriendo dentro de la industria de inteligencia artificial.
Jacob
Coxon, un investigador de 27 años que trabajó durante los últimos tres años
en preentrenamiento de modelos, primero en OpenAI y después en Anthropic, decidió
renunciar.
No solamente cambió de empresa, abandonó la
industria y lanzó una acusación bastante seria: Que los principales
laboratorios están compitiendo por desarrollar sistemas de inteligencia
artificial cada vez más poderosos sin tener resuelto cómo controlarlos.
Según Coxon, las compañías están avanzando
hacia sistemas capaces de mejorar sus propias capacidades mientras aceptan
riesgos que podrían tener consecuencias extraordinariamente graves.
En este sentido, su crítica resulta particularmente interesante porque Anthropic ha construido buena parte de su identidad precisamente alrededor de la seguridad de la IA. Tomado al pie de la letra, es fácil leer algo así y caer inmediatamente en uno de los dos extremos, simplistas, que dominan la conversación sobre inteligencia artificial.
- El primero es el apocalipsis: las máquinas nos van a destruir.
- El segundo, igualmente simplista: estos investigadores están exagerando y la tecnología siempre genera miedo cuando aparece.
Una carrera que nadie quiere abandonar
Coxon sostiene que el problema no consiste
en que OpenAI o Anthropic ignoren los riesgos. De hecho, su
argumento es prácticamente el contrario: las personas dentro de estas
organizaciones conocen muchos de ellos y existen equipos dedicados precisamente
a estudiarlos.
La tensión aparece porque, por supuesto, ninguna
empresa desarrolla IA en el vacío. OpenAI compite con Anthropic, Anthropic
con Google AI, Google con Meta. Las compañías estadounidenses
compiten entre ellas, pero también existe una competencia tecnológica mucho más
amplia con China. Entonces, detenerse unilateralmente tiene un costo.
Si una empresa decide reducir la velocidad
para realizar más pruebas de seguridad, existe la posibilidad de que otra
continúe avanzando.
Desde la perspectiva individual de cada
compañía, seguir compitiendo puede parecer racional, pero desde la perspectiva
colectiva, quizá no lo es.
Este es el clásico problema donde todos los
participantes saben que existen riesgos asociados con el desarrollo, pero
ninguno quiere ser el primero en quitar el pie del acelerador (una especie de carrera
armamentista, si consideramos la importancia geopolítica de la IA en la
actualidad).
El problema técnico que todavía no resolvemos
Y bueno, aquí conviene también separar
aquí la realidad de la especulación.
Hoy, no existe evidencia de que tengamos
una superinteligencia autónoma capaz de tomar el control de la infraestructura
mundial o decidir eliminar a la humanidad (nota: no tiene relación con la
reciente decisión de los E.U. de modificar inteligencia artificial por super
inteligencia, la cual abordaré en mi próximo análisis).
En consecuencia, presentar esos escenarios
como hechos inevitables sería irresponsable, pero tampoco deberíamos cometer el
error contrario.
Los sistemas de IA actuales ya muestran
capacidades crecientes de programación, uso de herramientas, navegación,
planificación y ejecución de tareas, e incluso toma de decisiones. Conforme esas
capacidades se combinan con agentes que pueden operar durante periodos más
largos y acceder a sistemas externos, el nivel de riesgo cambia.
El problema técnico generalmente tiene que
ver con alineación, es decir, lograr que sistemas cada vez más complejos y capaces continúen comportándose de acuerdo con objetivos y restricciones
prestablecidas, incluso en circunstancias que sus desarrolladores no
anticiparon.
Y no, esto no deja de ser inquietante. Evan
Hubinger, responsable de Alignment Science
en Anthropic, reaccionó públicamente a la salida y declaración pública de
Coxon, y afirmó que todavía no existe un plan resuelto para la
alineación de una eventual superinteligencia. Su propia estimación del riesgo
es extremadamente alta, superior al 10% de una catástrofe existencial durante
la próxima década. Por supuesto, eso es una valoración personal, no una
probabilidad científica demostrada, pero resulta difícil ignorar cuando proviene
precisamente de alguien dedicado profesionalmente al problema.
Este parece ser un conflicto fundamental.
Porque estamos dejando gran parte de las decisiones sobre el desarrollo de
sistemas extremadamente poderosos en manos de las mismas organizaciones que
compiten comercialmente por construirlos.
La tensión es evidente.
Por un lado, las empresas tienen incentivos
para invertir en seguridad; un sistema peligroso puede destruir reputación,
generar demandas y provocar regulación. Pero, por el otro, también tienen
incentivos para lanzar productos rápidamente, captar usuarios, atraer inversión
y superar a sus competidores.
Mm, probablemente no. Pero regular el
avance de IA tampoco será sencillo, ya que una legislación excesivamente rígida
podría consolidar el poder de las empresas más grandes, porque solo ellas
tendrían los recursos para cumplir requisitos regulatorios complejos.
Mientras que una regulación demasiado ligera
podría dejar decisiones de enorme impacto social exclusivamente en manos
privadas.
El equilibrio será complicado.
Por eso, es posible que necesitemos algo
más parecido a la regulación de sectores de alto riesgo: evaluaciones
independientes, estándares técnicos, documentación de incidentes, mecanismos de
auditoría y obligaciones diferentes según la capacidad y el riesgo de los
sistemas.
La responsabilidad tampoco termina en los laboratorios
Existe además una dimensión ética que muchas veces se pierde cuando planteamos escenarios apocalípticos. Incluso si nunca aparece una superinteligencia fuera de control, la IA ya está generando problemas bastante terrenales:- Desinformación.
- Fraude.
- Ciberseguridad.
- Sesgos algorítmicos.
- Vigilancia.
- Transformación laboral.
- Concentración económica.
- Sistemas autónomos tomando decisiones que afectan a los usuarios.
No necesitamos esperar al fin de la
humanidad para hablar seriamente de seguridad; de hecho, existe un riesgo
importante de que, al concentrarnos demasiado en escenarios existenciales,
terminemos ignorando problemas que ya tenemos enfrente.
La industria también va a cambiar
Por supuesto, todo lo anterior tendrá
consecuencias empresariales, y creo que, a pesar de la tendencia
actual hacia la auto regulación, especialmente en Estados Unidos, eventualmente
la seguridad de la IA probablemente dejará de ser una especialidad
relativamente aislada para convertirse en una función transversal de las
organizaciones.
Veremos más auditorías de modelos, equipos
de red teaming,
evaluación de agentes, controles de acceso, monitoreo continuo y mecanismos
para detener sistemas cuando su comportamiento salga de los parámetros
esperados.
Probablemente, también veremos crecer algo
que hasta ahora ha recibido relativamente poca atención: la responsabilidad
ejecutiva sobre las decisiones tomadas por sistemas autónomos.
Cuando un agente cometa un error
importante, simplemente decir que "lo decidió la IA" no será
una defensa aceptable; alguien tendrá que responder.
Esto afectará a proveedores, aseguradoras,
departamentos legales, reguladores y consejos de administración. La gobernanza
de IA terminará convirtiéndose en gobernanza corporativa.
Quizá la lección más importante que debemos
aprender de casos como el de Coxon sea que no necesitamos creerle para
escucharlo.
No sé si Jacob Coxon tiene razón
sobre el futuro de la inteligencia artificial; nadie lo sabe. Pero ese es precisamente
el punto.
Probablemente sus escenarios más extremos no
ocurran, pero las técnicas de seguridad sí pueden avanzar, de manera que los futuros
sistemas puedan ser mucho más controlables de lo que algunos investigadores asumen
que serán.
Y tampoco deberíamos caer en una lógica extrema:
exigir certeza absoluta sobre el peligro antes de tomarlo en serio. En
ocasiones, la gestión responsable del riesgo, para bien o para mal, funciona
exactamente al revés.
La discusión sobre inteligencia artificial
necesita menos fe, tanto la fe ciega en la tecnología como la certeza de que
inevitablemente nos destruirá.
Hasta ahora esa decisión está quedando, en
buena medida, en manos de quienes compiten por llegar primero, pero cuando lo
que está en juego puede afectar a todos, creo que no debería ser únicamente una
decisión meramente empresarial.

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