México quiere su propia IA. ¿Tiene también un plan para hacerla funcionar?
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| Imagen generada con IA |
El reciente Plan Nacional de
Inteligencia Artificial en México promete infraestructura, talento y soberanía
tecnológica. Pero entre construir capacidades y transformar un país existe una
distancia que no se recorre solamente comprando tecnología.
México parece haber decidido que ya no
quiere limitarse a ser consumidor de inteligencia artificial. Ahora quiere
participar en su desarrollo, construir infraestructura propia, formar
especialistas y utilizar estas tecnologías para transformar la administración
pública.
A primera vista, la intención es correcta,
incluso necesaria.
Pero en la realidad, hay una diferencia
enorme entre anunciar una estrategia nacional de inteligencia artificial y
convertirla en una verdadera política de desarrollo tecnológico, económico e
institucional.
Es aquí donde la cosa se pone interesante.
De acuerdo con un reportaje publicado por Ámbito México, el Plan Nacional de Inteligencia Artificial, impulsado por la Agencia de Transformación Digital y Telecomunicaciones (ATDT), contempla tres grandes pilares:
- Un marco ético y legal
- El desarrollo de talento y software público
- Y la construcción de infraestructura estratégica
La propuesta incluye proyectos como la Fábrica
de IA, un centro público de formación y la supercomputadora Coatlicue.
En esencia, su objetivo es reducir la dependencia tecnológica del exterior y
desarrollar capacidades nacionales para diseñar, adaptar, evaluar y supervisar
sistemas de inteligencia artificial. De nuevo, sobre el papel, suena bastante
bien.
Sin embargo, la experiencia de décadas de
transformación digital nos obliga a hacernos una pregunta, tal vez incómoda:
¿Está México construyendo una estrategia
nacional de IA o simplemente una nueva generación de proyectos tecnológicos
gubernamentales?
Hagamos un breve análisis.
La soberanía tecnológica no se compra por catálogo
Uno de los conceptos centrales del plan es
la soberanía tecnológica; esto no es un asunto menor.
Actualmente, buena parte de las capacidades
avanzadas de inteligencia artificial dependen de un número relativamente
pequeño de empresas internacionales que controlan modelos, infraestructura,
plataformas y servicios de cómputo, es decir, prácticamente todo.
Por supuesto, esa concentración de poder crea
dependencias económicas, tecnológicas y, eventualmente, políticas.
Para México, desarrollar capacidades
propias tiene sentido; significa contar con alternativas para procesar
información estratégica, investigar, adaptar modelos a necesidades nacionales y
reducir riesgos asociados con proveedores externos.
Pero debemos tener cuidado con lo que
entendemos por soberanía. Tener servidores instalados en territorio mexicano no
garantiza independencia tecnológica. Tampoco la garantiza desarrollar
aplicaciones gubernamentales sobre infraestructura propia. ¿Por qué?
Una solución puede ejecutarse localmente y
seguir dependiendo de procesadores extranjeros, software propietario, modelos
cerrados o componentes cuya operación depende de terceros.
La soberanía tecnológica no es una
condición binaria, sino una combinación de capacidades, control, autonomía
operativa y opciones reales de decisión. Se logra de manera incremental.
Por eso, no se trata solamente de preguntarnos
cuánto hardware o software puede adquirir México, sino qué capacidades podrá
desarrollar y mantener sin depender permanentemente de otros países o poderes
tecnológicos.
Eso incluye, por supuesto, algo que suele
recibir menos atención que las grandes inversiones: conocimiento institucional.
Porque una supercomputadora sin
especialistas, datos adecuados, proyectos relevantes y recursos para sostener
su operación puede terminar siendo una infraestructura impresionante, pero
insuficientemente aprovechada.
Coatlicue: La infraestructura no es el resultado
El proyecto
Coatlicue representa uno de los componentes más visibles de esta
estrategia. Según la información publicada, se contempla una infraestructura
con 14,480 GPU y una capacidad anunciada de 314 petaflops, instalada en
Zacatenco, en el Instituto Politécnico Nacional.
Sus aplicaciones potenciales incluyen
investigación científica, predicciones climáticas, agricultura, energía, salud
y análisis gubernamental.
Por supuesto, la oportunidad es importante.
México necesita mayor capacidad de cómputo para investigación avanzada y
desarrollo tecnológico, ya que depender exclusivamente de servicios
internacionales puede limitar proyectos por costos, disponibilidad,
restricciones de acceso o requisitos de protección de datos.
Sin embargo, el verdadero valor de Coatlicue
no estará determinado por sus especificaciones técnicas, estará determinado por
lo que permita producir.
¿Cuántos proyectos científicos podrá
atender? ¿Cuántas universidades tendrán acceso? ¿Cuántas empresas mexicanas
podrán utilizarla? ¿Qué porcentaje de su capacidad estará efectivamente
aprovechado? ¿Qué resultados medibles generará?
Será necesario también conocer los costos
completos de operación, mantenimiento, energía, actualización tecnológica y
administración, porque una inversión de esta naturaleza no termina cuando se
encienden los equipos.
En la industria tecnológica conocemos muy
bien este problema: organizaciones que invierten millones en infraestructura y
después descubren que carecen de los procesos, las habilidades o los datos
necesarios para aprovecharla.
La infraestructura habilita la innovación,
pero no la produce de manera automática.
La Fábrica de IA: una oportunidad para transformar el gobierno
Otro componente interesante es la
denominada Fábrica
de IA, que, según el reportaje, reúne aproximadamente a cien especialistas
dedicados a desarrollar herramientas para la administración pública.
Entre los ejemplos aparecen Semáforo
Aduanal, diseñado para apoyar la priorización de inspecciones mediante
información histórica, y Ventanilla 24/7, un asistente conversacional
para facilitar la búsqueda de información sobre trámites federales.
Aquí nos encontramos con aplicaciones mucho
más cercanas al ciudadano, y también algunos de los riesgos más importantes.
Un agente conversacional puede mejorar
considerablemente la experiencia de una persona que necesita información
gubernamental, pero si los procesos detrás del servicio siguen fragmentados,
duplicados o mal diseñados, el resultado puede ser simplemente una interfaz más
moderna para una burocracia que continúa funcionando igual.
Lo mismo ocurre con los sistemas de apoyo a
la toma de decisiones.
Una herramienta que ayuda a priorizar
inspecciones aduanales puede mejorar la eficiencia y la detección de riesgos.
Pero también puede reproducir sesgos históricos, generar falsos positivos o
dificultar la explicación de decisiones que afectan a ciudadanos y empresas. Por
eso, estas soluciones necesitan mecanismos claros de validación, supervisión
humana, trazabilidad y revisión.
El Estado no puede limitarse a afirmar que
sus algoritmos son eficientes; debe poder demostrar que también son confiables,
proporcionales y sujetos a rendición de cuentas. Esto quiere decir que la Fábrica
de IA debe garantizar estándares de servicio, calidad y seguridad que hagan la
diferencia.
El problema de fondo sigue siendo la información
Hay un elemento que considero fundamental y
que debería ocupar un lugar central en cualquier estrategia nacional de
inteligencia artificial: la gobernanza de datos.
México puede desarrollar modelos, instalar
infraestructura y formar especialistas, pero si la información gubernamental
continúa fragmentada, desactualizada, duplicada o distribuida entre sistemas
incompatibles, el potencial de esas inversiones será limitado.
La IA no corrige mágicamente una mala
arquitectura de información; de hecho, en muchos casos, simplemente hace que
sus problemas aparezcan más rápido y a mayor escala.
Por eso, el éxito del plan dependerá
también de estándares de interoperabilidad, calidad de datos, catálogos
comunes, controles de acceso y responsabilidades institucionales claramente
definidas, actividades que distan de ser atractivas, pero son fundamentales
para el éxito de una estrategia de tal magnitud.
Además, existe una cuestión delicada: no
toda la información pública es necesariamente información accesible para su
uso.
Los datos personales, fiscales, médicos y
administrativos requieren distintos niveles de protección. La capacidad
tecnológica del Estado debe crecer acompañada de mecanismos igualmente sólidos
para limitar su uso.
De otra manera, una estrategia diseñada para fortalecer la soberanía digital podría terminar ampliando capacidades de vigilancia sin los contrapesos necesarios. Y eso sería una contradicción bastante seria y riesgosa para la población.
Formar talento no significa solamente entregar certificaciones
El plan también contempla un Centro Público
de Formación en IA, con capacitación gratuita y una capacidad proyectada de
hasta 25,000 certificaciones anuales. Es una iniciativa valiosa,
particularmente en un país donde las oportunidades de formación tecnológica
siguen siendo desiguales. Pero aquí también necesitamos distinguir entre
actividad e impacto.
El número de certificados emitidos no
necesariamente refleja la creación de capacidades productivas. Lo importante
será conocer cuántas personas consiguen empleos especializados, cuántas
desarrollan soluciones, cuántas empresas incorporan ese conocimiento y cuántos
proyectos logran sostenerse.
Pero, además, México no necesita
exclusivamente programadores o especialistas en modelos.
Necesita también arquitectos de datos,
expertos en ciberseguridad, ingenieros de integración, profesionales de
gobernanza, investigadores, docentes y especialistas capaces de conectar la
tecnología con problemas reales.
También necesita abogados, filósofos,
economistas y científicos sociales que participen en el diseño y evaluación de
estos sistemas, porque la inteligencia artificial ya dejó de ser únicamente una
disciplina informática. Hoy en día es una transformación que atraviesa
prácticamente todas las actividades económicas e institucionales.
Formar talento sin generar oportunidades
para utilizarlo puede, paradójicamente, terminar fortaleciendo a las industrias
tecnológicas de otros países.
Entonces, ¿dónde queda la industria mexicana?
Pues bien, este es, probablemente, uno de
los puntos más importantes de esta noticia. Una estrategia nacional de IA no
debería limitarse a modernizar el gobierno, también debería contribuir al
desarrollo de un ecosistema tecnológico nacional.
México tiene una base industrial
importante, particularmente en manufactura, automotriz, logística, servicios
financieros y comercio. La inteligencia artificial podría mejorar la productividad,
optimizar cadenas de suministro, desarrollar nuevos productos y fortalecer
capacidades de innovación.
Pero eso requiere conectar la estrategia
pública con las necesidades reales de la industria. Porque si, las grandes
empresas probablemente encontrarán maneras de adoptar IA con o sin un plan
nacional. El desafío está en las pequeñas y medianas empresas, que en México
son mayoría, enfrentan mayores restricciones de presupuesto, talento,
infraestructura y acceso a datos.
Si el plan logra facilitar investigación
aplicada, acceso razonable a servicios de cómputo, colaboración entre
universidades y empresas, y transferencia de conocimiento, podría generar
beneficios importantes, también podría abrir oportunidades para proveedores
mexicanos de software, consultoría, integración, seguridad y servicios
especializados.
Sin embargo, eso no ocurrirá
automáticamente.
Se necesitan mecanismos transparentes de
participación, reglas claras de contratación pública, oportunidades
competitivas y una estrategia para que el conocimiento desarrollado con
recursos públicos pueda generar valor económico y social.
De otra manera, corremos el riesgo de crear
una isla tecnológica gubernamental desconectada del resto de la economía.
La regulación: necesaria, pero todavía insuficiente
El plan también plantea avanzar hacia una
legislación federal sustentada en transparencia, explicabilidad, no
discriminación, proporcionalidad, supervisión humana y corresponsabilidad.
Todos principios importantes. Pero los principios no se implementan solos.
¿Quién auditará los sistemas
gubernamentales? ¿Cómo podrá un ciudadano impugnar una decisión apoyada por IA?
¿Qué responsabilidades tendrán los desarrolladores y las instituciones? ¿Cómo
se investigarán los incidentes? ¿Qué información deberá hacerse pública?
Hoy, estas preguntas necesitan respuestas
operativas, no solamente declaraciones.
La regulación también deberá distinguir
entre niveles de riesgo. No tiene sentido imponer las mismas obligaciones a un
asistente informativo y a un sistema que influye en decisiones sobre derechos,
servicios públicos o inspecciones, y será importante preservar espacios para la
innovación.
Porque una regulación mal diseñada puede
terminar favoreciendo a las grandes empresas que tienen recursos para
cumplirla, mientras dificulta la participación de proveedores nacionales más
pequeños.
Nota: Al
momento existe la propuesta de ley titulada: LEY GENERAL PARA REGULAR Y
FOMENTAR EL USO DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL (IA) EN MÉXICO, pero eso merece un
análisis más específico, próximamente.
Del plan a los resultados
México tiene razones legítimas para
construir una estrategia nacional de inteligencia artificial. La dependencia
tecnológica, la necesidad de modernizar servicios públicos y las oportunidades
industriales justifican plenamente el esfuerzo.
Pero la historia de la transformación
digital está llena de iniciativas que comenzaron con grandes expectativas y
terminan produciendo resultados modestos. Por eso, el verdadero desafío no será
anunciar proyectos, será establecer prioridades, presupuestos sostenibles,
responsabilidades institucionales, indicadores públicos y mecanismos
independientes de evaluación.
Por supuesto, también será indispensable
garantizar continuidad más allá de los ciclos políticos.
La inteligencia artificial evoluciona
rápidamente, pero desarrollar capacidades nacionales requiere años de
inversión, aprendizaje y colaboración. No puede depender de la popularidad de
una administración.
En AI Güey hemos insistido en que
adoptar tecnología no equivale a transformarse, y esa observación también
aplica a los países.
México tiene la oportunidad de construir
algo importante: una estrategia que combine capacidad tecnológica, desarrollo
industrial, investigación, formación de talento y responsabilidad pública. Pero
deberá demostrar que su ambición va más allá de adquirir infraestructura y
producir aplicaciones.
Porque la soberanía tecnológica no consiste
solamente en tener inteligencia artificial propia. Consiste en tener la
capacidad de decidir cómo desarrollarla, utilizarla, gobernarla y convertirla
en valor para la sociedad.
En mi opinión, la pregunta clave a
responder con el nuevo Plan Nacional de IA es:
¿Queremos que México tenga más
inteligencia artificial o queremos que México sea un país más capaz gracias a
ella?
Porque no son necesariamente lo mismo. Y la
diferencia determinará si estamos frente a una verdadera estrategia nacional de
transformación o simplemente ante otro ambicioso proyecto tecnológico.
Pero tú, estimado lector, ¿qué opinas?
Hasta la próxima,
— Jorge García, AI Güey
Nota editorial: Las cifras, capacidades y proyectos mencionados corresponden a lo reportado sobre el plan. No deben interpretarse como resultados de implementación ya verificados.

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