No, la IA no hizo trampa sola. La crisis de la UNAM y el examen que México también debe aprobar
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| Ciudad Universitaria, UNAM (Crédito: Gomnrz en es.wikipedia.org) |
La inteligencia artificial acaba de
provocar una de las mayores crisis en la historia reciente de la universidad
más importante de México, la UNAM.
Lo ocurrido con el proceso de admisión 2026,
que dejó en entredicho los resultados de más de 158 mil aspirantes y obligó a
la universidad a revisar todo el proceso, incluyendo la aplicación de un examen
de control para decenas de miles de estudiantes, no representa únicamente un
escándalo universitario.
Es, probablemente, el primer gran caso
mexicano donde la IA puso a prueba, al mismo tiempo, la tecnología, la ética,
el marco legal y la confianza en una institución pública y, desafortunadamente,
en el país. Pero sería un error pensar que la tecnología es la principal
responsable.
La noticia
Pues bien, la UNAM enfrenta una de sus
mayores crisis tras detectar resultados atípicos en su examen de admisión 2026,
el cual fue realizado por primera vez completamente en línea.
De acuerdo con una nota en El País, más de 158 mil exámenes están bajo
revisión, ante sospechas de posibles irregularidades y del uso de herramientas
de IA para obtener respuestas. Por supuesto, la Universidad abrió una
investigación y anunció medidas para verificar la integridad de los resultados,
lo que incluye la realización de un examen de control para una porción de la
población que realizó el examen, aunque hasta ahora no existe una conclusión
definitiva sobre el alcance del posible fraude.
En general, podemos considerar que la UNAM tomó una decisión lógica. Digitalizar el examen buscaba ampliar el acceso,
reducir costos de traslado y permitir que jóvenes de todo el país presentaran
la prueba sin viajar a la Ciudad de México.
La universidad incluso implementó monitoreo
mediante inteligencia artificial, supervisión humana y restricciones técnicas
para intentar preservar la integridad del proceso. Sobre el papel, la
estrategia parecía razonable; en la práctica, la realidad fue distinta.
Los resultados mostraron un comportamiento
estadístico difícil de ignorar: En carreras altamente demandadas aparecieron
porcentajes inusualmente altos de calificaciones sobresalientes, muy por encima
de los patrones históricos; aunado a esto, la controversia creció cuando
comenzaron a circular en redes sociales testimonios y tutoriales sobre el uso
de herramientas de IA para responder el examen.
Como consecuencia, la universidad suspendió
el proceso, creó una comisión técnica y abrió las investigaciones pertinentes.
Hoy en día, el caso sigue en investigación
para conocer las causas, deslindar responsabilidades e idealmente, llegar a
conclusiones y recomendaciones para futuras evaluaciones.
Por supuesto, este caso tiene múltiples
aristas y perspectivas que debemos abordar, desde la ética, tecnológica, legal,
así como el deslinde de responsabilidades.
Pero, más allá del escándalo, el caso abre
espacio para una pregunta inevitable: ¿cómo evaluar conocimientos cuando la IA
puede resolver el examen junto al estudiante?
De manera personal, creo que esa es probablemente
la historia más relevante.
IA: ¿Transformador de la educación?
Durante años hemos repetido que la
inteligencia artificial transformaría la educación. Sin embargo, casi siempre
pensamos de manera muy lineal en tutores inteligentes, aprendizaje
personalizado o asistentes académicos. Pero muy pocos imaginaron que el primer
gran impacto llegaría cuestionando algo mucho más básico: la credibilidad de
los mecanismos de evaluación.
Por supuesto, aquí aparece la primera gran tentación:
culpar exclusivamente a la inteligencia artificial; es lo fácil, cómodo, pero también
sería incorrecto.
La IA no decidió hacer trampa; fueron
personas quienes decidieron utilizarla para obtener una ventaja indebida. Ese
hecho es importante porque revela que el problema no es únicamente tecnológico:
Es ético.
La llegada de herramientas capaces de
resolver problemas complejos en segundos está modificando la relación entre
conocimiento y evaluación.
Muchos estudiantes crecieron escuchando que
"lo importante es encontrar la respuesta". Hoy cualquier
modelo generativo puede hacerlo, hoy cualquiera puede encontrar la respuesta, pero
tal vez ahora se trata de ser capaz de construirla, comprenderla y defenderla. Eso
obliga a replantear completamente cómo evaluamos. Pero tampoco sería justo
colocar toda la responsabilidad sobre los estudiantes.
La institución también tiene preguntas
difíciles que responder. Implementar un examen remoto de alta relevancia en
plena era de la IA implicaba asumir que los mecanismos tradicionales de
supervisión ya no eran suficientes.
En este sentido, diversos especialistas
llevan años advirtiendo que los sistemas de monitoreo automatizado no
garantizan por sí solos la integridad académica y que las evaluaciones de alto
impacto requieren diseños mucho más robustos, tanto tecnológica como
metodológicamente. En otras palabras, la tecnología de vigilancia nunca puede
sustituir un buen diseño de evaluación.
Sin embargo, el problema tampoco termina en
la capacidad de vigilancia o la ética universitaria. Existe una dimensión legal
que apenas comienza a discutirse:
¿Qué ocurre cuando un aspirante obtiene un
lugar mediante fraude digital? ¿Quién responde por quienes sí estudiaron y
quedaron fuera? ¿Qué responsabilidad tienen las empresas que comercializan
servicios para burlar sistemas de evaluación?
La propia UNAM presentó denuncias penales
contra personas y organizaciones que presuntamente ofrecían mecanismos
fraudulentos para aprobar el examen. Ese punto, me parece, es de especial importancia.
La IA no solo está creando nuevas
herramientas de aprendizaje, también está creando una economía del fraude. De
hecho, ya existen servicios especializados, comunidades en línea y modelos de
negocio dedicados a explotar las vulnerabilidades de procesos académicos.
Sin embargo, como lo muestra este caso, combatir
ese fenómeno requerirá mucho más que mejores algoritmos. Requerirá cooperación
entre universidades, autoridades, desarrolladores tecnológicos y legisladores.
Porque quizá el impacto más profundo esté
todavía por venir. Lo ocurrido en la UNAM trasciende el ámbito educativo.
Pensemos en procesos de certificación
profesional, en concursos para ingresar al servicio público, en evaluaciones
laborales, en licitaciones, en exámenes para ejercer profesiones reguladas. En
mayor o menor medida, todos ellos dependen de la confianza en los mecanismos de
evaluación.
Si esa confianza comienza a deteriorarse,
el problema deja de ser universitario y se convierte en un problema económico,
político y social.
Porque las empresas también dependen de
credenciales confiables para contratar talento. Si un título deja de
representar conocimiento verificable, los procesos de reclutamiento
inevitablemente cambiarán. Probablemente veremos más evaluaciones presenciales,
pruebas prácticas, entrevistas técnicas y mecanismos continuos de validación de
habilidades.
Paradójicamente, mientras la IA automatiza
muchas tareas, también podría devolver valor a aquello que resulta difícil
automatizar: el razonamiento en tiempo real, la creatividad genuina, la
resolución colaborativa de problemas y la capacidad de explicar cómo se llegó a
una conclusión.
Y bien, quizá esa sea la verdadera lección
de esta crisis. Tal vez no necesitamos prohibir la inteligencia artificial en
la educación, pero sí necesitamos dejar de diseñar evaluaciones como si la IA
no existiera. Porque, nos guste o no, existe, y seguirá mejorando.
Aquí en AI Güey he insistido varias
veces en que la inteligencia artificial no solo está transformando industrias,
está obligando a rediseñar instituciones completas. La UNAM acaba de
descubrirlo de la manera más difícil, y probablemente no será la última
institución que lo sufra.
Todo indica que ahora viene el verdadero
examen, no solamente para los estudiantes, sino también para las universidades, las
empresas de tecnología, los reguladores y la sociedad en general.
Si queremos convivir con una IA cada vez
más capaz, tendremos que construir sistemas donde la confianza ya no dependa
únicamente de vigilar mejor, sino de evaluar, regular y utilizar de forma
distinta.
La inteligencia artificial no destruyó por
sí sola el examen de admisión. Pero lo que hizo fue evidenciar que muchas de
nuestras formas de medir el conocimiento pertenecen a una época que ya terminó
o está a punto de terminar.
Y ese es un examen que no solo la UNAM
tendrá que aprobar; México, América Latina y el mundo entero también.
Pero, como siempre, tú, estimado lector, ¿qué
opinas?
Hasta la próxima,
—Jorge García, AI Güey

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