La IA no hizo trampa sola, Parte III. Después del examen: la generación que tendrá que aprender a pensar junto con la IA
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| Imagen generada con IA |
A menudo damos a los niños respuestas que recordar en lugar de problemas a resolver
—Roger Lewin
Ok, después de toda la polémica sobre los exámenes de admisión de la UNAM que hemos venido discutiendo, es fácil quedarse con la conclusión más sencilla: algunos estudiantes hicieron trampa utilizando inteligencia artificial, mal, muy mal.
Y aunque el aspecto ético es absolutamente
relevante, creo que esa lectura se queda muy corta. La verdadera historia no
habla solamente de fraude, habla de una generación que está entrando a la
universidad justo cuando cambia, quizá por primera vez desde la invención de
Internet, el significado mismo de aprender.
Y eso nos obliga a replantear casi todo lo
que entendíamos por educación.
Durante décadas, estudiar consistía, en
buena medida, en adquirir información. Memorizar conceptos, comprender teorías,
pensar, resolver ejercicios y demostrar ese conocimiento en un examen. El
acceso a la información era limitado, y buena parte del valor de la educación
consistía precisamente en acercar ese conocimiento a los estudiantes.
Hoy ese paradigma o ha cambiado o simplemente
ya no existe.
En cuestión de segundos, un modelo de
inteligencia artificial puede explicar una teoría física, resumir una novela,
resolver una ecuación diferencial, escribir un ensayo o generar un programa de
software; la información dejó de ser escasa para convertirse en prácticamente
infinita. Y cuando eso ocurre, memorizar deja de ser el centro del aprendizaje.
En este punto, ya no se trata de lo que sabes.
Se trata de lo que eres capaz de hacer con lo que sabes. Esta diferencia parece
pequeña, pero podría transformar completamente la educación.
Porque la inteligencia artificial no
elimina la necesidad de aprender; lo que elimina es la ventaja de repetir
información que cualquier sistema puede recuperar en segundos, y esto significa
que las habilidades más valiosas empiezan a ser otras: La capacidad para
formular buenas preguntas, pensar críticamente, relacionar conocimientos de
distintas disciplinas, resolver problemas ambiguos, trabajar con otras personas y saber cuestionar los resultados que produce una IA.
Y quizá la más importante de todas: saber
cuándo la inteligencia artificial está equivocada. Porque esa es otra ilusión
que empieza a extenderse entre muchos estudiantes: Confundir velocidad con
verdad.
Los modelos generativos producen respuestas
convincentes, pero no necesariamente correctas. Pueden inventar referencias,
cometer errores matemáticos, interpretar mal un contexto o reproducir sesgos
presentes en los datos con los que fueron entrenados. Entonces, quien acepta
una respuesta de IA sin analizarla deja de aprender, simplemente delega el
pensamiento.
Y ese es precisamente un dilema ético que
va mucho más allá del examen de admisión.
¿Dónde termina el apoyo tecnológico y
dónde comienza el engaño?
Desafortunadamente, la respuesta parece no ser
evidente siempre.
Probablemente, usar una calculadora no es
hacer trampa; utilizar un corrector ortográfico tampoco.
Probablemente, consultar un modelo de IA
para comprender un concepto difícil sea una excelente estrategia de
aprendizaje.
Pero pedirle que escriba un trabajo
completo, que resuelva un examen o que tome decisiones por nosotros ya
pertenece a otra categoría.
No porque la tecnología sea mala, sino
porque deja de cumplir su función educativa.
Por otro lado, el objetivo de la
universidad nunca fue producir documentos, es formar personas capaces de pensar,
y eso sigue siendo insustituible.
Pero para buena o mala fortuna, creo que
aquí existe una responsabilidad compartida. Por un lado, los estudiantes
tendrán que asumir que la IA no puede convertirse en un sustituto permanente de
su propio criterio. Pero las universidades también deberán abandonar la idea de
que prohibir la tecnología resolverá el problema. Eso simplemente no ocurrirá.
De nuevo, para bien y para mal, la
inteligencia artificial será tan cotidiana como hoy lo son Internet o los
teléfonos inteligentes. Hoy en día, nadie imagina una universidad prohibiendo
Google. Dentro de algunos años, meses quizá, ocurrirá exactamente lo mismo con
la IA. La solución, entonces, no creo que consista en impedir su uso, sino en enseñar
a usarla mejor.
Eso implica la entrada de un tercer
jugador, el gobierno y sus instituciones de educación básica, media y media superior
que permitan la incorporación de modelos de alfabetización en inteligencia
artificial desde la educación temprana.
No únicamente aprender a escribir prompts,
sino entender cómo funcionan los modelos, cuáles son sus limitaciones, cómo
verificar información, cómo identificar sesgos y cómo trabajar con estas
herramientas sin perder autonomía intelectual.
Quizá el mayor cambio educativo de la
próxima década no sea incorporar cursos sobre IA; será rediseñar completamente
la forma de enseñar.
Imaginemos universidades donde los
estudiantes puedan utilizar inteligencia artificial durante ciertas
evaluaciones, siempre que sean capaces de justificar, explicar y defender las
decisiones tomadas junto con ella. Porque ese será el mundo profesional al que
llegarán.
En un futuro, probablemente ningún
ingeniero, médico, abogado, administrador o periodista trabajará aislado de
estas herramientas; entonces, la verdadera competencia será saber colaborar con
ellas sin dejar de pensar por cuenta propia.
Y creo que eso requiere un nuevo modelo
educativo.
Uno donde el profesor deje de ser
únicamente un transmisor de información para convertirse en un mentor del
pensamiento crítico. Donde los exámenes memorísticos cedan espacio a proyectos
interdisciplinarios, donde la creatividad tenga tanto peso como el conocimiento
técnico.
Y donde la ética deje de ser una
materia optativa para convertirse en una competencia profesional, sí, la ética
que los nuevos modelos educativos han abandonado por años.
En AI Güey creemos que la
inteligencia artificial no está sustituyendo únicamente empleos, está
sustituyendo ciertas formas de trabajar, de aprender y de tomar decisiones.
La educación no puede permanecer inmóvil cuando
cambia el objeto mismo que es aprender.
Quizá, dentro de algunos años, recordemos
el caso de la UNAM no como el gran escándalo del fraude con IA. Sino como el
momento en que México entendió que el problema nunca fue la inteligencia
artificial.
El verdadero problema era que seguíamos
preparando estudiantes para un mundo donde las respuestas eran difíciles de
encontrar. Cuando el mundo que les tocará vivir exigirá algo completamente
distinto:
Hacer las preguntas que ninguna
inteligencia artificial puede formular por ellos.
Pero. Por supuesto, tú, estimado lector, ¿qué
opinas?
Hasta la próxima,
—Jorge García, AI Güey

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