No, la IA no hizo trampa sola, Parte II. La UNAM frente al espejo
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| Crédito: Fundación UNAM (https://www.fundacionunam.org.mx/unam-al-dia/repensar-a-la-universidad-es-una-tarea-que-todos-debemos-asumir-rector-lomeli/) |
Como mencioné en mi artículo anterior, es fácil convertir esta historia en un debate sobre estudiantes que hicieron trampa. Es un tema que vende titulares y despierta indignación, y con razón. Sin embargo, si queremos entender, o, mejor dicho, superar realmente lo que ocurrió, la conversación debe ir mucho más allá y pensar que la crisis también es institucional.
Porque la inteligencia artificial no puso a
prueba únicamente a miles de aspirantes, también puso a prueba la capacidad de
adaptación de la universidad más importante del país.
Y esa prueba, hay que decirlo, todavía está
en curso.
La UNAM
ha sido históricamente uno de los mayores referentes académicos de América
Latina. Su prestigio no proviene únicamente de su tamaño o de su producción
científica, sino de algo mucho más importante: la confianza que la sociedad
deposita en ella.
Cada año, cientos de miles de jóvenes
presentan un examen convencidos de que el proceso será justo, transparente y
basado en el mérito. Entonces, ese capital de confianza vale muchísimo más que
cualquier edificio o laboratorio. Por eso esta crisis resulta tan delicada.
Cuando una universidad duda de los
resultados de su propio proceso de admisión, no solamente enfrenta un problema
operativo, enfrenta un problema de legitimidad. Y recuperar la confianza suele
ser mucho más difícil que construirla.
Sin embargo, también sería injusto exigirle
a la UNAM que resolviera un problema que prácticamente ninguna universidad del
mundo ha terminado de resolver; la inteligencia artificial está haciendo
obsoletos muchos de los mecanismos tradicionales de evaluación.
Es la realidad, incómoda, pero realidad al fin.
Durante décadas hemos diseñado exámenes
bajo un supuesto muy simple: el estudiante estaba solo frente al problema y lo tenía
que resolver. Esa era la prueba final.
Ese supuesto dejó de existir, o se está diluyendo
con rapidez.
Hoy un aspirante puede tener acceso, desde
un teléfono o una computadora, a modelos capaces de resolver problemas
complejos, redactar ensayos, interpretar textos, programar e incluso explicar
su razonamiento; así es, no hablamos de copiar respuestas de internet, hablamos
de sistemas que generan ”nuevas” respuestas en tiempo real.
Eso cambia completamente las reglas del
juego. Y obliga o va a obligar a las universidades a hacerse una pregunta que
hasta hace poco parecía impensable:
¿Qué significa realmente evaluar
conocimiento en la era de la inteligencia artificial?
Y todo indica que esta vez quizá la
respuesta no sea fortalecer únicamente los sistemas de vigilancia. Quizá el
verdadero cambio tenga que ocurrir en el diseño mismo de las evaluaciones.
Durante años hemos confundido evaluar
memoria con evaluar capacidad; la IA acaba de demostrar que ambas cosas no
eran, y no son equivalentes.
Si una máquina puede responder un examen de
opción múltiple con enorme precisión, tal vez el problema no sea únicamente la
máquina; tal vez también sea el examen.
Por supuesto, esto no significa abandonar
las pruebas estandarizadas de la noche a la mañana; la UNAM enfrenta un desafío
enorme: evaluar a cientos de miles de aspirantes de manera eficiente y
equitativa no es comparable con los procesos de admisión de universidades mucho
más pequeñas. Pero sí significa reconocer que el modelo actual necesitará
evolucionar.
Probablemente veremos procesos híbridos,
combinaciones de evaluaciones presenciales, ejercicios prácticos, entrevistas,
resolución de casos y mecanismos donde el razonamiento importe más que la
respuesta final.
Paradójicamente, la IA podría obligar a las
universidades a volver a valorar aquello que resulta más humano: explicar,
argumentar, crear y defender ideas.
Por otro lado, creo que hay otro aspecto
que merece nuestra atención. La UNAM no solo forma profesionistas. A propósito,
o no, también marca tendencias para buena parte del sistema de educación
superior mexicano.
Lo que haga ahora será observado por
universidades públicas, privadas, organismos acreditadores y autoridades
educativas de todo el país. En cierto sentido, la respuesta institucional de la
UNAM podría convertirse en el primer gran laboratorio mexicano de gobernanza
académica frente a la inteligencia artificial.
Y eso representa una enorme responsabilidad,
porque esta crisis no terminará cuando concluyan las investigaciones o se
publiquen nuevos resultados. La verdadera prueba vendrá después.
¿Invertirá la universidad en nuevas
metodologías de evaluación? ¿Desarrollará investigación propia sobre IA
aplicada a la educación? ¿Creará capacidades técnicas para anticipar futuros
escenarios? ¿O simplemente endurecerá los mecanismos de vigilancia esperando
que el problema desaparezca?
Porque la diferencia entre una reacción y
una transformación será enorme.
En AI Güey hemos insistido en que la
inteligencia artificial está obligando a rediseñar industrias completas; la
educación superior no será la excepción.
Quizá el mayor aprendizaje que deja esta
crisis es que las universidades ya no pueden limitarse a enseñar inteligencia
artificial. También tendrán que aprender a convivir con ella.
A fin de cuentas, parece que el verdadero
examen ya no consiste solamente en detectar quién hizo trampa. Consiste en
demostrar que las instituciones educativas son capaces de reinventarse cuando
la tecnología cambia las reglas del conocimiento.
Y ese examen, honestamente, apenas
comienza.
Pero tú, estimado lector, ¿qué opinas?
Hasta la próxima,
—Jorge García, AI Güey

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